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Educar para volver a sentir

  • Foto del escritor: Josefina Irale Camino
    Josefina Irale Camino
  • 14 nov 2025
  • 4 Min. de lectura
Josefina Irale Camino

Resumen

Los niños y niñas saben deslizar una pantalla antes de aprender a nombrar lo que sienten. Las aulas están llenas de seres brillantes con capacidades en potencia de ser desplegadas, desarrolladas, pero principalmente descubiertas mediante una interacción con el medio seguro y contenedor que los ayude a elaborar, procesar. A su vez hoy en día estos niños y niñas están hiperconectados y agotados. ¿Qué sucede? Padres que ya no entienden del todo qué les pasa, y docentes que intentan sostener lo que el sistema desborda. Frente a una generación que crece bajo una estimulación constante, sin pausas, sin procesar, la escuela tiene hoy una nueva misión: enseñar a habitar el propio mundo interior.



La escuela en tiempos de hiperconexión y vacío emocional


Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada siete adolescentes en el mundo padece un trastorno mental diagnosticable. En América Latina, la UNICEF advierte que la ansiedad y la depresión aumentaron un 25 % en la última década. En Argentina, el Ministerio de Salud reporta un incremento sostenido de consultas psicológicas en edades cada vez más tempranas. Pero detrás de los números hay algo más profundo: una generación que está perdiendo el contacto con su propia vida emocional, la empatía y habilidades blandas fundamentales para adaptarse al medio. Tenemos infancias y adolescencias que viven corriendo detrás de estímulos que el cerebro no alcanza a procesar; expuestos a comparaciones constantes, a exigencias que no entienden del todo, a un flujo de información que muchas veces los abruma. Y padres que, aunque los aman, también están sobrepasados, atrapados entre el trabajo, la pantalla y la culpa. La escuela, además de casa, muchas veces, se convierte en un espacio donde algo de humanidad puede ser restituido. Pero también allí se sienten las consecuencias de este sistema: docentes cansados, falta de tiempo, contenidos que no contemplan lo que el alma necesita aprender.


EL CEREBRO ESTA EN ALERTA POR UNA AMIGDALA QUE LO GOBIERNA

La neurociencia nos ayuda a comprender lo que a simple vista parece solo un cambio de época. El cerebro de los niños y adolescentes está hoy saturado de dopamina, ese neurotransmisor que se libera ante cada estímulo placentero o novedoso: un like, un mensaje, una imagen, una notificación. Esta constante descarga mantiene a la amígdala cerebral —la zona que gestiona las emociones de miedo y supervivencia— en estado de alerta. El resultado: cerebros hiper estimulados, poca tolerancia a la frustración, dificultad para esperar y para sostener la atención. Cuando la urgencia se vuelve la norma, el aprendizaje profundo se vuelve casi imposible. Porque aprender requiere pausa, curiosidad, error, tiempo, silencio. Y todos esos recursos hoy escasean. No se trata de culpar a las pantallas, sino de reaprender a convivir con la tecnología desde un lugar más humano, reconociendo sus efectos en el sistema nervioso y en la manera en que los chicos se vinculan con el mundo.


¿Sobreadaptación y alter ego digital?

Para sobrevivir emocionalmente, muchos niños, niñas y adolescentes desarrollan lo que podríamos llamar una sobreadaptación emocional. Se esfuerzan por encajar, por rendir, por mostrarse felices. Crean un personaje: un yo digital que sonríe en redes, mientras el yo real se siente solo, confundido o vacío.


Esta desconexión constante del propio sentir tiene consecuencias profundas. Cuesta reconocer las necesidades reales, pedir ayuda, empatizar con otros. Las crisis emocionales —cada vez más frecuentes— no son sino gritos del cuerpo y la mente reclamando autenticidad.


Hay espacios como clubes, casas o escuelas que podrían convertirse en un refugio de sentido. Un lugar donde los niños puedan, al menos por unas horas, volver a sentirse en casa dentro de sí mismos.


El nuevo desafío: enseñar a vivir


La educación del siglo XXI ya no puede limitarse a transmitir información. Necesita enseñar a vivir, y eso incluye enseñar a respirar, a sentir, a pensar con claridad y a conectar con un propósito. En distintos países —como Finlandia, Canadá o Nueva Zelanda— los protocolos de bienestar escolar son parte estructural del currículo. Se implementan momentos diarios de consciencia plena, pausas activas, agradecimientos o ejercicios de regulación emocional. Argentina tiene el potencial y la sensibilidad para hacerlo a su manera, con identidad propia. Ya existen escuelas y comunidades educativas que están comenzando a trazar ese camino. Espacios donde el bienestar se entiende como una competencia para la vida, y no como un complemento optativo. Donde la psicología, la neurociencia y la pedagogía se dan la mano para cultivar la presencia, la empatía y la calma. Hay modelos que inspiran esta transición: proyectos que integran cuerpo, mente y emoción, que invitan a los chicos a mirar hacia adentro sin miedo. A esos proyectos, algunos los llaman caminos de bienestar. Y quizás ese sea el rumbo: volver a aprender a caminar despacio, con sentido.


Del control al encuentro

Educar en bienestar no significa sumar tareas, sino cambiar la mirada. Pasar del control al encuentro, de la corrección al acompañamiento, del miedo a la confianza. Significa creer que detrás de cada conducta difícil hay una emoción no nombrada, un cerebro sobrecargado, un corazón pidiendo ayuda.


El bienestar no es un lujo: es prevención, salud y aprendizaje profundo. Cuando un niño se siente visto, su cerebro aprende mejor. Cuando un docente se siente acompañado, su vocación florece. Cuando una familia se siente contenida, el vínculo se transforma. Y, entonces, la familia, los clubes y la escuela, en lugar de ser espacios de exigencia, vuelven a ser casas del alma, donde se aprende lo más importante: a ser humano.


Conclusión

Los niños no necesitan escuelas, o padres y madres perfectos. Necesitan adultos presentes, atentos, que sepan mirar más allá del comportamiento y escuchar lo que no se dice. Quizás el futuro de la educación no esté en enseñar más contenidos, sino en enseñar a sentirlos. Y tal vez ese sea el verdadero comienzo del bienestar: un camino simple, humano y profundamente transformador.

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