top of page

Adolfo Pérez Esquivel

  • Foto del escritor: Héctor Barreiro
    Héctor Barreiro
  • hace 18 horas
  • 6 min de lectura

La espiritualidad en tiempo de incertidumbre


Héctor Barreiro


Resumen


A los 94 años, el Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel presentó el libro Espiritualidad en tiempos de incertidumbre. En este libro, Adolfo aborda el tema de la espiritualidad no solo en clave religiosa, sino también desde una perspectiva laica. Allí, entre reflexiones, encuentros y experiencias, recorre las múltiples formas de abordar la espiritualidad con un sentido de responsabilidad y cuidado hacia el otro.


Claudio Tomassini: Adolfo Pérez Esquivel


Desarrollo


El libro es un viaje a lo largo de cincuenta años. A través de sus encuentros y experiencias con personas claves en la historia contemporánea y en procesos de transformación, ha podido acercarse a la comprensión de la trascendencia del ser. La espiritualidad no es una religión, pero sí puede ser trascendente y ofrecer un significado a la religiosidad. Rastrea una búsqueda en las diversas culturas del ser humano por encontrar un camino espiritual. En los pueblos indígenas, por ejemplo, su cosmovisión del mundo les permite vivir en espiritualidad y unión con la Madre Tierra, sintiéndose parte del todo.


También aborda las infinitas preguntas que nos hacemos al momento de transitar nuestros destinos. En un momento reflexiona sobre Sísifo, de Albert Camus, y, cuando habla del héroe inútil, deja abierta la posibilidad de la esperanza cada vez que uno cae y vuelve a empezar. También aparecen abundantes historias y reflexiones sobre cómo enfrentar los conflictos. Dice, entre otras cosas, que la no violencia requiere disciplina, coraje y caminos que es necesario transitar, como el camino interior, y señala que “nadie puede dar aquello que no tiene”.


Vivimos —dice— una época marcada por la incertidumbre y se pregunta: ¿hacia dónde va la humanidad? Los avances tecnológicos y científicos nos imponen la aceleración del tiempo, condicionan los comportamientos sociales, políticos y económicos y generan nuevas dependencias.


Habla del valor de ser capaces de vaciarnos para llenarnos de sentido y cita en varios momentos esta idea del cántaro: “Hay que vaciar el cántaro lleno de ideologías, información, valores y antivalores, violencia, guerras y hambre que sufre la humanidad. Hay que vaciar el cántaro para que entre la luz”. Son tiempos de incertidumbre, pero también tiempos de esperanza y de resistencia para lograr que entre la luz a nuestras vidas.


Es evidente que el libro de Adolfo da cuenta de un clima de época en el que crece, en toda la humanidad, la necesidad de preguntarse dónde encontrar la propia espiritualidad. Y tal es así que esta inquietud se replica en todos los campos, también en la educación.

Hace exactamente un año (enero de 2024), un grupo de educadores y educadoras latinoamericanos/as nos preguntábamos: ¿qué hacer frente a un sinnúmero de complejidades y desafíos que se presentan en el campo de la convivencia y la formación ciudadana en las comunidades educativas y sus respectivos territorios?


En los diferentes espacios de articulación y convergencia que tiene el Grupo de Trabajo de Educación para la Paz y la Convivencia Democrática (EPYC, en su sigla), era reiterada la preocupación de educadores y educadoras de la región por encontrar posibles salidas, propuestas, prácticas y experiencias innovadoras que dieran cuenta de abordajes frente a las múltiples dificultades cotidianas que se presentaban en sus espacios educativos en materia de violencias y disrupciones de las dinámicas de convivencia, con el consiguiente deterioro de las relaciones entre los actores que interactúan en la escuela y la comunidad.

Para abordar esta pregunta sobre la espiritualidad en la educación, encontramos que esta cuestión aún no había entrado en debate en muchos países de la región y que los sistemas educativos sostenían una lógica binaria. Es decir, que el sistema se dividía entre escuelas laicas (escuelas estatales) y escuelas o colegios religiosos.


Por tal motivo, empezamos a pensar el tema de la espiritualidad a partir de un problema concreto de la región, como lo es la desigualdad en América Latina, y nos preguntamos: ¿cómo se llegó hasta aquí? ¿Es la desigualdad un problema económico o financiero? ¿O quizás debamos abordarlo como un problema ético?


A partir de allí entendimos que, si el problema de la desigualdad en América se reduce, en última instancia, a una cuestión ética, resulta evidente la importancia vital y trascendente de la escuela y de la pedagogía. Ambas están vinculadas a la esencia de dos impulsos morales fundamentales: el desarrollo del “amor ético”, motor de la intuición moral, y la “confianza mutua”, fundamento de las relaciones interhumanas.


En ese sentido, pensamos a la escuela como un espacio sensible para preservar el porvenir ético de la humanidad, dado que el mundo de las relaciones humanas se basa en el trato entre las personas y debe apelar a la confianza. ¿Y cómo se alcanza la confianza? ¿Dónde se desarrolla? ¿Es posible sin una pedagogía cultural orientada a la construcción de ciudadanías basadas en la confianza?


Si advertimos que el quehacer social del futuro estará atravesado por la necesidad de crear confianza no solo en la especie humana, sino también en la capacidad de preservar el destino común de la humanidad, será necesario reconocer que el nervio fundamental de la pedagogía del futuro —una educación para una nueva humanidad— será, por un lado, lograr un conocimiento más profundo del ser humano y de su condición humana y, por otro, generar las condiciones para la vivencia de un espíritu fraterno.


Esto solo es posible desarrollarlo plenamente en el plano concreto de la vida comunitaria, como lo ofrece la escuela.

Entonces, cabe preguntarse: ¿es posible una espiritualidad laica para la escuela?

La espiritualidad surge de la búsqueda de sentido y de las incertidumbres sin respuesta. La dimensión espiritual se plasma, sobre todo, en la búsqueda de respuestas sobre la existencia y el misterio de la vida.


La experiencia espiritual es patrimonio de toda la humanidad. La identificación con una religión determinada, en cambio, se convierte en patrimonio identitario de una parte de ella: de quienes adhieren a esa visión. Por eso no todos los seres humanos son religiosos, sencillamente porque muchos no comparten las creencias de ninguna religión.


Sin embargo, sí podemos afirmar que la espiritualidad constituye un elemento esencial de toda persona. Durante mucho tiempo se la identificó exclusivamente con la religión, pero debemos reconocerla como patrimonio de toda la humanidad. Además, necesita ser cultivada por la necesidad que sentimos de responder a tantas preguntas y por nuestra aspiración al desarrollo pleno de todas las dimensiones del ser humano.


Un modelo de escuela donde aprendemos la práctica de una espiritualidad laica se caracteriza por:

• La toma de conciencia de que todos tenemos una dimensión espiritual.

• Saber que esta se manifiesta en múltiples momentos de nuestra vida.

• La conciencia de nuestra dificultad para dar sentido a la existencia y de los interrogantes que plantea el misterio de la vida; la conciencia de los límites, de la fragilidad, de lo inabarcable, de lo impredecible y de la vulnerabilidad humana.

• Saber que la conciencia de ser para la vida y para la muerte constituye uno de los grandes enigmas de nuestra existencia y que también es una manifestación de eso que llamamos espiritualidad, común a todos los seres humanos.

• Reconocer que la espiritualidad también se manifiesta en el asombro que nos produce la naturaleza.

• Comprender que la espiritualidad se expresa en la experiencia amorosa y fraterna del encuentro con el otro.

• Poder hablar de una espiritualidad laica cuando hablamos de la ética universal de los derechos humanos, del respeto y de la profundización de una comunidad humana fraterna, igualitaria y libre.

• La apertura a todas las aportaciones positivas de las diferentes religiones a la humanización y liberación de la humanidad.

• El reconocimiento de que la compasión por una vida digna para todos es un componente fundamental del espíritu humano en la lucha por la justicia social y contra la desigualdad, especialmente necesaria ante la vulnerabilidad y la fragilidad que hoy experimentamos.

• Entender que la espiritualidad hace imposible la indiferencia ante el dolor, el sufrimiento, la fragilidad humana y la segregación de los más débiles.

• Saber que el espíritu humano se manifiesta constantemente en el diálogo interior de cada uno, en el que mantenemos con los demás y en el diálogo con la naturaleza y con el cosmos.

• La necesidad de restablecer los vínculos perdidos con la naturaleza que estamos destruyendo: el amor a los árboles, la empatía con el mundo animal y la conexión con la Tierra y el universo.


Conclusión


Es evidente que el libro de Adolfo Pérez Esquivel, Espiritualidad en tiempos de incertidumbre, constituye una confirmación más de esta búsqueda y también una señal para la educación.

Comentarios


bottom of page